La Ilusión del que comienza a andar

Como narrador de historias, me defino como alguien que escribe fruto de su propia inspiración. A impulsos diría yo. No me distingo por ser un escritor de encargos. Pues bien hace unos días surgió, casi sin tiempo, la posibilidad de colaborar con esta nueva plataforma colombófila. Acepté. El tiempo corría en mi contra y me pregunté para mis adentros, buscando una sincera respuesta, sobre que podía escribir.

En lo referente a la colombofilia siempre hay cientos de temas que brotan a mí alrededor casi a diario, pero en esta ocasión el pozo de la inspiración no anda boyante, más bien sufre una incipiente sequía. Padezco el síndrome del escritor en crisis. Mal presagio para el que pretende escribir un libro.

Durante el último lustro he escrito de casi todo, pero me parecía adecuado dirigir estos párrafos, en esta mi primera colaboración, al colombófilo que comienza a andar. Todos comenzamos, de una forma más o menos consciente, en alguna ocasión.

Me recuerdo a mí mismo en el verano de 1986 durante las primeras semanas del mes de Junio, siendo un adolescente recién llegado a este mundo. Leyendo en una tumbona de un parador situado muy cerca del mar en las proximidades del Aeropuerto de Fuerteventura. Con el sol casi cegando mis ojos, mi atención recaía en un viejo manuscrito que me absorbía por completo. Su título: “101 métodos en colombofilia” de Jules Gállez.

Aquél libro me embrujó. Hoy recuerdo con cariño aquellos días. La ilusión con la que releía cada una de sus manchadas páginas, garabateadas hasta el infinito. Que si la madera vieja, que si la miel y el limón. Todo me parecía maravilloso. Aquellos campeones, sus resultados y sus palomas. Mi imaginación tomo todo tipo de rumbos, y a todos ellos los echo de menos.

El que comienza posee, sin distinción de edad, un punto sincero e ilusionante en su mirada, que luego va pereciendo progresivamente con el tiempo. Sucede con todo en la vida. Echo de menos esa mirada sincera sin prejuicios, sin egoísmos, sin envidia. La mía y la de los que me rodean.

Por aquel entonces toda mi ilusión se centraba en capturar palomas los fines de semana en los puertos y urbanizaciones. Palomas que en su particular lucha por la vida y la muerte se posaban exhaustas a beber, comer, descansar o lo que fuera menester. Sólo seguía a los que me habían enseñado. Un lazo, millo y agua. Era todo un arte adolescente. Como aprendiz me costó semanas sino meses atrapar mi primera paloma. Una hembra pinta de 1983. Luego vino un macho pardo de 1.984, y así tuve mi primera pareja. Meses después presencié entre mis manos el nacimiento de mi primer pichón. Aún conservo fotografías de aquel precioso animal. Ellos fueron los primeros de muchos. Con el tiempo, el juego consistió en criar con ellas y realizar sueltas entre amigos. Con cronómetro por supuesto. Y ya en aquellos maravillosos años se me daba bien el tema de ganar, aunque dicho sea de paso no entendía muy bien en que consistía el juego. Los libros fueron revelándome página a página los maravillosos secretos que aquel escondía.

Pasó el tiempo y llegó mi particular sequía colombófila. En mi cabeza seguían volando palomas, pero poco más.

Casi 20 años después volví a comenzar. De nuevo en una isla y de nuevo brotaba en mis ojos esa mirada sincera que desbordaba pasión en cada uno de sus pestañeos. Esa misma mirada que hoy en día observo en los que comienzan y que yo ya no poseo. Les rogaría que no la perdieran, pero sé con certeza que es una metamorfosis natural entre casi todos nosotros.

En este segundo comienzo, ya más maduro, aprendí los entresijos de esta afición. Este maravilloso deporte en el que irónicamente los que pierden lo bautizan como hobby, y los que ganan como su segunda familia y en el que la culpa siempre es del soltador.

Fue esta etapa, una fase de desbordante ilusión y de muchas decepciones. Primero con las palomas. Más tarde en el tiempo con las personas. Finalmente el trabajo, el conocimiento, las ganas por aprender dieron sus frutos y la colombofilia que por momentos me pareció ilógica y frustrante se presentó ante mis ojos con todo su esplendor. Y fue aquí donde disfruté como un auténtico enano. Un niño hecho adulto. El enjaule, la noche previa a una gran suelta. Los nervios para conciliar el sueño. Lo apretado de un campeonato. Mi primera paloma de gran fondo, mi primer premio en una suelta. Fueron muchas cosas y buenas las que en este periodo viví en primera persona. También las hubo malas, pero la gran capacidad del ser humano para olvidarlas me impide recordarlas con claridad. Aunque sé que las hubo.

Y algo he aprendido estos años es que la colombofilia se debe vivir con la máxima pasión e ilusión posible. No todos somos iguales. Es indudable que formamos una fauna de lo más variopinta, pero a todos nos une un sentimiento muy fuerte por estos extraordinarios animales y las gestas que realizan. Disfrutemos de la colombofilia, no la dejemos morir y contagiémonos del que comienza a andar. ¡Volvámonos a enamorar de este mágico deporte!.

Pablo Suárez Revuelta. www.elrincondepablo.com


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Palomas contra la droga

Hacía sólo un instante que terminé de hablar con mi amigo José Marín, un monstruo sagrado de la colombofilia, y estaba anotando en mi bloc de notas la última máxima que me había dicho, “Si soy exigente conmigo, ¿cómo no voy a serlo con mis palomas? Para conseguir algo hay que esforzarse” añadió.

Algo sencillo de entender, pero que a mí personalmente me tenía hecho un lío, porque días antes, también por teléfono, mi amigo José Pereiro, otro colombófilo de mérito, me decía desde Galicia todo lo contrario, “Antonio, mira, con las palomas tienes que ser como con las personas, comprensivo”.

Y en esa encrucijada estaba, ¿cómo conseguir ser comprensivo y exigente?

En una situación así, ¿qué diría mi amigo y mejor colombófilo Jaime Solé? Seguramente su actitud pausada me tranquilizaría. Pero de momento, ahí estaba yo pensando en los enigmas del futuro de estas admirables aves de altos y largos vuelos, cuando llamaron a la puerta. Eran dos mujeres, de una de ellas su cara me era lejanamente familiar.

– Ustedes dirán.

La que me resultaba familiar fue la que respondió.

– Buenas tardes maestro, vengo a darle las gracias por la pareja de palomas mensajeras que me regaló para mi hijo. Precisamente aquí mi amiga no lo entendía.

-¡Que no lo entendía! ¿Qué no entendía?

– Pues mire usted señor maestro, no entendía que le hiciera un pequeño palomar a mi hijo en la terraza y que las palomas me mancharan a veces la ropa lavada tendida a secar.

– Perdone señora, le agradecería que no me llame maestro, porque cuando no estoy en el colegio, no ejerzo. Por favor, llámeme, sencillamente, Antonio. Y perdone, pero no entiendo que venga a darme las gracias porque las palomas descendientes de las que le di, hagan sus necesidades sobre su ropa tendida. Ahora viene la broma, ¿verdad?

– No señor maestr… Antonio, usted no se da cuenta pero sigue siendo maestro y le doy sinceramente las gracias por las palomas que regaló a mi hijo. Ahora hace un año que vine con él, entonces el chico estaba en el ambiente de la droga y gracias a las palomas que le regaló y a las pacientes explicaciones de toda aquella tarde, ya no tengo que preocuparme ¿dónde estará mi hijo? Desde entonces en su tiempo libre sé a qué está en el palomar, y no olvidaré nunca una frase que usted le dijo, mientras desinteresadamente le explicaba, “y sobre todo, tienes que ser paciente, lo bueno requiere tiempo, pero merece la pena. Nos trae ratos de felicidad. Exígete constancia, lo positivo la necesita”.

Aquella señora, sin esperármelo, se acercó a mí y me dio un beso.

– Gracias, siempre le estaré agradecida a usted y a las palomas mensajeras.

Antonio Rodríguez Parra – 2003.

Esta breve narración era uno de los capítulos del primer número de la revista de colombofilia “Volando alto” que pretendía tomar forma en el año 2003. Antonio tenía experiencia editorial, con varios libros de narraciones cortas en las librerías. Este primer número no llegó a editarse porque Antonio, su alma mater, fue víctima de un desgraciado accidente de tráfico poco antes de acabar la primavera del 2003. Se imprimieron una veintena de números para repartir entre los amigos, y años más tarde, Félix Martín Vilches hizo otra tirada para los compañeros del “Arroyo de la Miel”, el club donde había competido Antonio.

Quisimos traer este fragmento de “Volando alto” precisamente a este primer número de “En forma” como una manera de honrar el trabajo y el tesón de aquellos amigos unidos por las palomas.

Más información:

http://thepigeonsite.com/colombofilia/experiencias/123-asi-nacio-volandoalto

http://thepigeonsite.com/colombofilia/experiencias/119-10-anos-volandoalto


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